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Actualizado miércoles 18 de octubre 2017
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Charles Wiener ¿El verdadero descubridor de Machu Picchu? PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Rafo León   

Cuarenta años antes de Hiram Bingham, el explorador francés estuvo a punto de descubrir la ciudadela pérdida de los Incas.

Charles Wiener y Hiram Bingham. Dos hombres, dos destinos. Uno, amante de la justicia y defensor de los derechos del hombre, reportó auténtica información sobre Machu Picchu para así contribuir al saber universal, al margen de su provecho personal. El otro, segundo en determinar la ubicación del sitio inca, se empeñó en diseñar su propia gloria y gozar de sus ventajas. Wiener entró en la historia, Bingham permanece en la polémica.

 

Fotografías: Agencia Roger Viollet, Ministerio francés de Relaciones Exteriores.

 

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El consenso académico republicano en el Perú consideraba al explorador norteamericano Hiram Bingham como “el descubridor” de la fabulosa ciudad inca de Machu Picchu. Hasta hoy los guías suelen relatar a los turistas durante sus visitas al complejo inca situado en el ingreso a los espesos bosques amazónicos, cómo Bingham fue el primer hombre en enfrentar, un 24 de julio de 1911, la grandeza de estas construcciones ciclópeas sobre una montaña (Machu Picchu: cerro viejo), al pie de otra, gigantesca, que se eleva con una indiscutible simbología ritual (Huayna Picchu: cerro joven).

Sin embargo, una de las menciones más importantes al conjunto inca es la que da el científico francés Charles Wiener en su libro Pérou et Bolivia – Récit de Voyage, publicado en París en el año 1880. Textualmente Wiener acota en su erudito documento: “En Ollantaytambo me hablaron de los antiguos vestigios que había en la vertiente oriental de la cordillera, cuyos principales nombres me eran ya conocidos, Vilcabamba y Choquequirao. Yo había visto este último grupo de ruinas en las orillas del Apurímac, frente a la terraza del Incahuasi. Se me habló aún de otras ciudades, de Huayna Picchu y de Machu Picchu, y resolví efectuar una última excursión hacia el este, antes de continuar mi camino al sur”. Fiel al rigor académico en el que había sido formado, Wiener coloca una cita a pie de página en su mención a Huayna Picchu: “Creemos nuestro deber recordar aquí la única nota bibliográfica que se puede relacionar con este sitio, El brillante porvenir del Cusco, por fray Julián Bovo de Revello, (Cusco, 1848, p. 26). Solo que Huaina Picchu aparece allí con el nombre de Huaina Pata, lo cual no sorprende mayormente, ya que pata quiere decir colina”.

 

 

Acá termina la única alusión que hace Wiener a la sagrada ciudad de Pachacútec, y es nada lo que se sabe acerca de por qué no logró concretar su visita a estos lugares, a los que menciona con tanta certeza. Edgardo Rivera Martínez, quien prologa la edición en español del texto de Wiener que estamos empleando, anota: “Fue en Ollantaytambo donde los naturales hablaron a Wiener de los vestigios que había en el lado oriental de la cordillera, y en particular de Vilcabamba y Choquequirao, lugar éste que había sido visitado ya por el vizconde de Sartiges y Léonce Angrand… Mas no se dirigió nunca, por desgracia para él, a la famosa ciudadela (de Machu Picchu), cuyo efectivo descubrimiento pudo haberse adelantado así en unas tres décadas”.

 

Charles Wiener

wienerPero, ¿quién fue este hombre, no suficientemente citado por Bingham como fuente ni en sus artículos ni en su celebérrimo libro Machu Picchu, la ciudad perdida de los incas, un best seller desde que se publicó por primera vez hasta el día de hoy? Wiener nace en Viena el 25 de agosto de 1851. Inicia sus estudios en el Liceo de su ciudad pero pronto se traslada al Liceo Bonaparte de París, obteniendo en 1869 su bachillerato en la Facultad de Letras de la capital francesa. De allí en adelante, habiéndose nacionalizado francés, se dedica a la enseñanza de inglés y alemán en Francia e Inglaterra. Años más tarde, en 1875, cuando contaba con 24 años de edad, Wiener es encargado por el Ministerio Francés de Educación Pública, de emprender una misión de exploración etnográfica y arqueológica del Perú y Bolivia, la que realiza entre ese año y 1877. La calidad de esta expedición, la exhaustiva documentación escrita que genera, así como el registro gráfico que el autor añade, lo hacen merecedor de la Legión de Honor de Francia. De allí en adelante su destino personal y profesional se entrama para siempre con América Latina, y especialmente con los Andes. Se desempeña como diplomático en diversas plazas americanas, como Guayaquil, Santiago de Chile, Paraguay y México. Su actividad diplomática, científica y humanitaria es intensa en esos años. Organiza en París, en 1878, la primera conferencia con proyección de fotografías sobre sus exploraciones en la Sociedad de Geografía. Es el primer hombre de occidente que asciende el monte Illimani (6161 msnm), en Bolivia, a uno de cuyos picos bautiza como Pico París. En 1882 consigue rescatar a 41 personas que iban a ser severamente reprimidas por el dictador ecuatoriano Veintimilla, una labor pionera en Derechos Humanos, que continúa en otro campo, el de la salud, cuando dirige el Hospital Francés de los Coléricos (enfermos de Cholerae), en el Santiago de Chile de fines del siglo XIX. Wiener se jubila en París como Ministro Plenipotenciario, y muere viajando hacia Rio de Janeiro, el 9 de diciembre de 1913.

 

BinghamEl destino de Bingham

Bingham nació en Hawai en 1875, hijo de un misionero norteamericano. Historiador, en 1907 tiene la cátedra de Geografía Sudamericana en la Universidad de Yale. Su interés por la exploración en Sudamérica data de cuando visita Chile, en 1908, como asistente al primer Congreso Científico Panamericano. En 1909 visita Choquequirao, a la caza de la última ciudad inca, en una época en la que la mitología sobre las grandes riquezas imperiales escondidas, traía innumerables aventureros a los Andes. En 1911 regresa al Perú para insistir en su búsqueda de Vilcabamba y es cuando Alberto Gieseke, rector de la universidad del Cusco en ese entonces, lo pone en contacto con Braulio Polo y la Borda, propietario de una hacienda llamada Mandor, en la que diversas referencias ubicaban antiguas construcciones cubiertas por la flora selvática. De hecho Eduardo Agustín Lizárraga, un arrendador de tierras de la zona, había visto los restos inca varios años atrás. Bingham supo de Lizárraga y acopió toda la información que adicionalmente pudo obtener. En julio de 1911 Bingham, acompañado de un sargento apellidado Carrasco y del guía Melchor Arteaga, ingresa a Mandor e inicia un agotador ascenso a la montaña. En el camino encuentra a dos campesinos, Anacleto Álvarez y Toribio Recharte, quienes habitaban el lugar, cultivando en enormes andenes de piedra. Un niño, familiar de estos campesinos, condujo a la expedición al corazón de la ciudad inca, que lucía su esplendor aún cuando se encontraba cubierta de maleza, tal como lo reflejan las fotos que tomó Bingham. Luego de esta primera incursión, Bingham regresa a su patria a buscar apoyo tanto en Yale como en la Nacional Geographic Society, cosa que logró, como obtuvo también el permiso del presidente peruano Leguía para realizar sus investigaciones e incluso, llevar a Yale las piezas encontradas pero con el compromiso de retornarlas a solicitud del Estado peruano. A los datos reseñados, hay que añadir los trabajos de la historiadora peruana Mariana Mould de Pease, célebre en la actualidad por su rol de vigilante del patrimonio histórico y arqueológico del Perú. Mould ha relevado la existencia de dos mapas mineros del siglo XIX en los que consta que Machu Picchu estaba integrado al Perú republicano mucho antes de que Hiram Bingham lo “descubriera”. Los mapas, de 1870 y 1874, respectivamente fueron trazados para promover inversiones mineras en la zona. Respecto al tema del “descubrimiento” de Machu Picchu, la misma historiadora precisa que Agustín Lizárraga en 1902 llegó a inscribir en el muro llamado Tres Ventanas, lo siguiente: “A. Lizárraga, 14 de junio de 1902”. La hipótesis de Moluld es que Bingham borró la incómoda inscripción.

De todos modos, no resulta sensato comparar experiencias y visiones de individuos tan distintos entre sí como Hiram Bingham y Charles Wiener. El primero, tan hombre de su tiempo que supo marketear su paso por Machu Picchu al punto de convertirlo en un descubrimiento de onerosa estirpe occidental, hizo malabares entre su interés científico y sus motivaciones personales ligadas al dinero y a la gloria. Un error de información lo llevó a dar con un espacio inca que hoy es el emblema de esa cultura y el icono de un país, el Perú. Charles Wiener, también tan hombre de su tiempo que priorizó el registro exacto y el apunte agudo como aportes al conocimiento universal, más que como fuentes de beneficio personal.

 

El juicio de las dos Américas

El contrato suscrito entre Bingham y el gobierno del presidente peruano Augusto Leguía, estipulaba que los objetos arqueológicos hallados en Machu Picchu, se distribuirían entre el Estado peruano y la universidad de Yale por un periodo determinado, para así garantizar su inventario e investigación. Hoy, ya vencido de largo el plazo concordado, ambas partes –el Perú y Yale- se encuentran envueltas en un proceso judicial muy complejo, pues las piezas que conservó la universidad nunca fueron devueltas. Las implicancias políticas de este diferendo son grandes, y comprometen intereses económicos tanto como percepciones ideológicas. Una de estas, que revela su raigambre colonialista, sostiene que los objetos arqueológicos de Machu Picchu deberán quedarse custodiados en Yale, pues en el Perú no existen las condiciones de seguridad que ameriten su devolución. Haciendo ficción histórica, y a la luz del respeto con que Charles Wiener se enfrentaba a los nuevos territorios que exploraba, podemos afirmar que una versión tan cargada de hegemonía occidentalista, no cabría en la mente de un hombre abierto y riguroso, como fue el autor de Pérou et Bolivia.

 

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