Actualidades: Profesor Jan Ryn: "Aparte del cocainismo, como vicio común entre los habitantes de los Andes, existe también el alcoholismo. En la vida cotidiana se puede observar la práctica del consumo del alcohol, en el periodo de las fiestas y rituales relacionados con ellas." El Reportaje en nuestra nueva edición./ Bernard Francou, glaciólogo francés: "Si Groenlandia y la Antártica se derriten, el nivel del mar subiría de 60 metros.Ciudades como Guayaquil, New York, New Orleáns y Londres desaparecerían...
Actualizado miércoles 23 de agosto 2017
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Mujeres intrépidas PDF Imprimir Correo electrónico

 

El Embrujo de los Andes

Por Griselda Moreno

Griselda Moreno

 

 

"Mi gran orgullo de ser andino libera profundos deseos de revelarlo, difundirlo, presumirlo. Hacer saber a cada rincón de otros mundos los encantos que guarda éste. Posiblemente mi gran misión se halle en el privilegio de mostrar lo nuestro."

 
 
altLa experiencia más dura que posiblemente tuve en los Andes, fue cuando ascendí el Ojos del Salado por la vertiente argentina. Quizás porque se trataba de mi primer seis mil, o por los más de 50km caminados hasta su base o por el clima tormentoso que acosaba, no lo sé, pero si de algo estoy segura es que no me olvidaré en mi vida de ella, por las enseñanzas que me ha dejado y los amigos que he ganado. Pero el Volcán Llullaillaco me ha marcado la increíble mística de las alturas, quizás por su trascendencia como volcán sacro, por la increíble historia de esos seres precoces abnegados e intactos a través de los siglos. Cada cima me ha dejado inéditas sensaciones.

 

De las montañas he aprendido cuán ancha se observa la vida cuando descendemos de las alturas, donde parecemos desaparecer. Ellas me han enseñado el valor de la existencia y al mismo tiempo atrapado para arriesgarla. Me han mostrado que no solo son moles de roca y nieve, que la historia de nuestra raza palpita en ellas, que reviven con cada gesta del hombre y las huellas fraternas que en sus faldas quedan.

Posiblemente hoy contemplo estas cimas con otra mirada de cómo lo hicieron las romerías incas. Pero por cierto convocan extrañas sensaciones que trascienden la ascensión  en sí misma e inyectan en los sentimientos el embrujo de una  necesidad. Acaso la de regresar, la de volver una y otra vez para respirar el aire enrarecido y puro de las alturas, la de caminar contiguo al silencio, la de abrazar desesperada  la soledad y lograr la inspiración en las inmaculadas tintas níveas o en esa impresionante sensación de infinitud. Si, la de honrar a la montaña en cada paso, la de saber que allí arriba un hilo invisible de atemporalidad comunica mundos distantes y elimina todo tipo fronteras.

El tiempo deja de ser importante en ellas. Sólo valen las interminables noches calladas y el manto estelar a centímetros de las narices. No importa si se ha llegado antes a la cima o un par de horas después. Tampoco deviene una tragedia si la cumbre no toca ese día. Vale regresar con momentos inolvidables y todas las capacidades para intentarlo otra vez.  Vale admirar, respetar, estimar lo que tenemos y volver con las pieles encendidas reflexionando sobre el poder de estos seres gigantes de la tierra. Y también en la energía que absorbemos cuando hemos pasado un tiempo allí.

A veces doy cuenta la fortuna que tengo como mujer de haber nacido en esta época, donde muchos prejuicios y diferencias arcanas quedaron atrás. Y que a pesar de ciertas incongruencias del segundo milenio, la libertad de expresión y de acción que hoy tenemos supera ampliamente a aquella del 1900.

Griselda Moreno

No negaremos que hubo mujeres intrépidas que desafiaron las ataduras del ambiente privado y se encaramaron en aventuras que ni ellas imaginaban. Pero nunca hemos sido un fenómeno masivo. La mujer  lanzada por el mundo, que decidía partir del halo familiar, que ambicionaba cosas fabulescas era algo anómalo y aunque hoy ya no es así, creo que tampoco lo seremos.

Esto lo ratifico cada vez que alguna alma de cualquier nacionalidad queda anonadada luego de comentarles que he andado por más de 70 países casi en forma autónoma y que en mi profesión de periodista y fotógrafa de aventuras salgo a cubrir expediciones de alta montaña o travesías peliagudas.

Ser mujer en las montañas me da ventajas, pero también en casi un 90% de mis más de 50 expediciones, me he encontrado sola en un cúmulo de hombres. Pero tal hecho jamás me ha amedrentado a la hora de soñar.

Claro está. Los riegos del camino son muchos y variados, pero hay que animárseles a todos y a cada uno. En enfrentar los temores, en descubrir los secretos herméticos que llevamos adentro esta el sentido de la transformación. Quizás la montaña desencadene tales sucesos, pero también el mar,  la selva, los desiertos.

Acaso, la apertura al viaje, esa entrega al hechizo de lo nuevo, de lo incierto,  sea el artífice de todo esto.        

Mi gran orgullo de ser andino libera profundos deseos de revelarlo, difundirlo, presumirlo. Hacer saber a cada rincón de otros mundos los encantos que guarda éste. Posiblemente mi gran misión se halle en el privilegio de mostrar lo nuestro.

 

  


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About the Author

Over the past 30 years, Wayne Bernhardson has visited every Chilean region, from the Peruvian to its Antarctic outpost on King George Island, while researching and writing guidebooks for various publishers including Moon Handbooks and National Geographic Traveler. In the process he has driven well over 100,000 kilometers on the country's highways and backroads, and lived for extended periods in Santiago and Lauca National Park, where he wrote his M.A. thesis on llama and alpaca herders. Every year he spends five months in southernmost South America, some of that time in Argentina, Uruguay and the Falkland Islands as well. He has also written for newpapers and magazines including the San Francisco Chronicle, National Geographic Traveler, and Latin Trade.


 

 

  

 

 


 

 
 

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