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Actualizado miércoles 18 de octubre 2017
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Patagonia Indómita: Isla Riesco, Unamuno y el Carbón PDF Imprimir Correo electrónico
 
Por Marc Turrel y Jorge Velasco Cruz
 

Miguel de Unamuno nunca viajó a la Patagonia. Sin embargo, el famoso filósofo español compartía en su tiempo las mismas inquietudes ecológicas que los actuales habitantes de Isla Riesco, frente a los estragos de la minería del carbón. 

 

Miguel de Unamuno

  Un lugar sin fronteras. Sin límites. A la imaginación, a los sentidos, a los sentimientos. Patagonia es tierra de mitos, leyendas, historias. La Ciudad de los Césares. El Último Inca. Los Tehuelches, los Selk'nams y Yaganes. Navegantes ingleses, españoles, franceses y chilenos perdidos en el tiempo, perdidos en el viento.

Patagonia es tierra redentora: del ánimo, del espíritu, de la vida. Un lugar para los que creen en todo y para aquellos que no creen en nada. Porque conmueve y transforma. Porque parece un sueño e invita a soñar. En Patagonia el alma está un poco más cerca del paraíso. Parece imposible que alguien pueda ir a esta tierra mágica, encantada y siniestra a la vez, y quedar impertérrito, incólume ante tanta belleza: fiordos, glaciares y bosques; lagos color esmeralda.

El aire helado en el rostro. El frío que congela hasta el alma. Ráfagas de viento que todo lo mueven y que parecen arrancar a cada hombre de la tierra. Pastizales que ondean finamente hacia la eternidad. Pampas interminables que coquetean con los cerros. Estancias que parecen catedrales. Baqueanos cabalgando en el horizonte junto al ganado. Ovejas pastando como si nada ocurriera, cuando en realidad nada fuera de lo común ocurre y suceden tantas cosas a la vez. El cóndor entre las cumbres, su vuelo entre nubes que diseñan las formas más inverosímiles y extraordinarias. El ñandú corriendo por los campos. La mirada de un guanaco. Y montañas elegantes, majestuosas y enigmáticas. 

  

altEs el encanto de la Patagonia. En verano, la luz del día que nunca termina. En invierno, la oscuridad de la noche que parece que jamás se irá. Muchas veces es imposible reprimir el llanto. De emoción, de alegría, de júbilo. Ante lo perfecto y lo brutal de la naturaleza. Ante un lugar tan vasto y tan inmenso, tan simple y tan complejo como las sensaciones que provoca. Algunas por lo mínimo, lo sencillo, el detalle: el oleaje del mar, la brisa marina, un rayo de sol. Otras, por los sorprendente: una cueva hipnótica y un animal prehistórico, un barco varado en la mitad de la nada. O por lo magnífico: gigantescos glaciares que parecen congelar todo a su paso, bosques impenetrables y un sin fin de islas que le dan forma a un laberinto aparentemente inexcrutable. Una belleza dada por el contraste de cerros verdes y tormentosos frente al cielo azul y límpido, o por la penumbra de aguaceros que todo lo cubren y todo parecen inundar. 

Isla Riesco

Y aún con la distancia y los siglos, la Patagonia no deja de ser una aventura, una travesía remota y mítica, un  cruce de expedición por los recónditos y grandiosos paisajes de las costas de Magallanes, de Tierra del Fuego y de los archipiélagos australes. Es también un zarpe en el imaginario poético y aventurero de las obras de Julio Verne, Stefen Sweig, Francisco Coloane o Bruce Chatwin.

Isla Riesco es para la Patagonia, lo que sería Ecuador para América  Latina, un resume geográfico de todos los paisajes del continente. Bosques de lenga, fauna costera y mar, glaciares y ventisqueros, lagos y fjordos, estepas y humedales conforman un ecosistema prístino dentro el cual el ecoturismo, las actividades de conservación y las investigaciones científicas, han desplazado la visión y el rol  geopolítico militar que tenía esta región unas décadas atrás.

Sin embargo, el viento trajo no solo a la democracia, sino a la minería y con ella su ejército de maquinas bélicas, mandados por generales disfrazados de civiles, que declararon la guerra a este pueblo insular, asediado, de Isla Riesco. 

Es la extracción minera que amenaza hoy en día  la integridad social, cultural, escénica y natural de Isla Riesco. Esta búsqueda febril de recursos naturales se transforma en una coercición sobre las comunidades rurales y tradicionales de la Isla: dos mundos con una visión radicalemente opuesta y contradictoria. 

La agresión de la megaminería que arrastra y cambia todo, como en el libro “Las Estradas de Albia” de Miguel de Unamuno que no reconocía la ciudad de su infancia, carcomida por el carbón: 

Bahía Cóndor

« Con tu ría hecho canal preso en pretiles, encerrado entre vias ferreas, asfaltado tu Arenal, antaño frondosos, desfigurado o transfigurado por tu Ensanche, muerto un día el tilo ; si te estropean tus campestres alrededores, qué sera de ti ? »  Y  agrega «una ría de reflejos metálicos, sucio de ordinario, con escurrajas negras de carbón y rojas de mena de hierro, una ría que se hincha a las horas de la marea con el agua del mar cercano y luego, en bajamar, se convierte casi en una cloaca ; una ría que parece arteria de enfermo, cubierta por el cordaje de los buques… »    

El Santiago de la contaminación trajo a Isla Riesco a Copec y Ultramar, plutocracia industrial y mercantil para explotar el carbón. Ultrajes a la tierra y al mar. Ultraje de « Mina Invierno » que gangrena el suelo a tajo abierto, explusando en el aire el polvillo negro del mineral, amenazando las estancias limítrofes. Y su nombre no puede ser más explícita : el invierno del carbón en Isla Riesco, sin chemineas, sin historia obrera, sin conciencia. Cuatro otras faenas aguardan en silencio la complicidad del temor y del olvido para operar. 

« Alerta Riesco », un movimiento de auto-defensa ecológico compuesto de ciudadanos y académicos de la isla y de todo Chile, prolongan hasta la Patagonia el pensamiento filosófico y el espíritu de lucha de Miguel de Unamuno:

« Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión... Vencerán, porque tienen sobrada fuerza bruta. Pero no convencerán, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir, necesitarán algo que le falta: razón y derecho en la lucha. Y la lucha por la vida, es la vida misma. »

Y en Isla Riesco, no se dan por vencidos.

Ana Stipicic
 
 

Indices Revista Andes

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